Lema 2022
LEMA: PROTEGEMOS E IMPULSAMOS LA VIDA

En este último curso del cuatrienio, se nos invita a PROTEGER E IMPULSAR LA VIDA. La vida que hemos recibido, como también las vidas que nos han sido confiadas, en los niños, jóvenes, enfermos, ancianos y a todos a quienes asistimos.

Estamos viviendo un tiempo difícil, en el que nos hemos descubiertos todos vulnerables. Pareciera que el COVID-19 no quiere dejarnos y si bien, por un lado, el mundo ha puesto todas sus energías para vencer a este virus y proteger la vida, por otro lado, somos conscientes que vivimos en un mundo en el que muchas veces se desprecia la vida, en el que muchas veces prevalece la cultura de muerte, en el que el descarte del otro es moneda corriente.

En medio de esta realidad Dios nos llama nuevamente a proteger la vida humana en todas sus etapas, en todas sus dimensiones y situaciones.

Y también nos invita a darle un impulso nuevo para que todas nuestras comunidades sean capaces de vivir su vida con esperanza y amor cada día, para que sean capaces de salir del individualismo y del desaliento que deprime y no da sentido a la vida, para que sean capaces de impulsar a otros a vivir en plenitud la vida que Dios nos regala.

En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo». En esta tarea cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» (Fratelli Tutti 115).

En este recorrido nos acompañará este texto del Nuevo Testamento:

  • La parábola del Buen Samaritano. “Un ícono iluminador” (Lc 10, 25-37).

“La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» … A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia.” (Benedicto XVI, DCE)

“Esta parábola es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común. Al mismo tiempo, la parábola nos advierte sobre ciertas actitudes de personas que sólo se miran a sí mismas y no se hacen cargo de las exigencias ineludibles de la realidad humana.” (FT 67)

El Samaritano nos pone frente a la mirada que nos adentra en nosotros mismos, y nos manifiesta lo que aún no somos nosotros. Nos queda un camino de conversión que recorrer, para no pasar de largo ante los lugares “Sombríos” de la historia, porque allí Dios nos espera.
El Samaritano hace el gesto mínimo e inmenso de aproximarse al hombre caído. Se siente afectado por el herido y responsable de su desamparo. La urgencia de tender la mano al que lo necesita pospone todos sus proyectos e interrumpe su itinerario. La inquietud por la vida amenazada del otro predomina sobre sus propios planes, y hace emerger lo mejor de su humanidad: un yo desembarazado de sí mismo. Ese gesto afirma el valor y la dignidad de los más pequeños. En su reacción se revela la obstinada lógica de Jesús: “No midas, no calcules, deja que el amor te desapropie: serán los otros quienes te devolverán tu identidad, justo cuando tenías la impresión de que estabas perdiendo tu vida”.
“Cuidó de él”, leemos en el relato del Evangelio. “Cuida de él”, dirá después al posadero. Es un verbo lento, sosegado, acariciador, pero de intensa atención, que confronta nuestras impaciencias por los resultados inmediatos. Esta dimensión humana de “cuidar” puede bañar con su calidez nuestras relaciones comunitarias y permitirnos derramar cordialidad y gestos de ternura.

Proponemos mirar de un modo particular a la Beata Ana María Janer, en la última etapa de su vida, anciana y enferma, con su cuerpo gastado por el paso de los años, el trabajo acumulado, los pesares sufridos. Una bella edad, la de la ancianidad, donde esta virtuosa mujer alcanzó la madurez y la sabiduría que fue recogiendo a lo largo de su vida y de sus diversas experiencias. Una mujer generosa que siguió dando vida a las hermanas más jóvenes, que no agotó su esperanza, que hizo de su vida una oración, una oblación, un testimonio… Ana María que sabrá también proteger e impulsar la vida del Instituto, del carisma que Dios le ha otorgado, para el servicio de los más necesitados y como camino válido de santidad para todos los que se sientan llamados a seguirlo.

El lema de este año nos invita a practicar y fortalecer estas actitudes:

  • La valentía y la audacia necesarias para proteger la vida en un mundo que va contracorriente, para jugarnos por la vida de los más débiles y desprotegidos, para cuidar siempre la vida.
  • La valentía creativa. Consiste en mirar toda situación de crisis a la luz del Evangelio para encontrar las estrategias y las actitudes de esperanza necesarias para salir adelante. La valentía creativa se funda en una fidelidad creativa y conduce a una fe creativa. La actitud valiente se enraíza en la fidelidad al Dios de la vida y de la historia y hace posible una respuesta de fe que responda a la situación de crisis planteada.
  • La perseverancia para trabajar con constancia en favor de la vida, sin rendirnos ante una cultura en la que muchas veces pareciera prevalecer la muerte.
  • La animosidad imprescindible para motivar e impulsar la vida, para animar y sostener a todos aquellos que han perdido el sentido o el deseo de vivir.

Una frase que nos sirve de luz en el camino de este año es:

“Entra porque tu lámpara siempre ardió”.  

LOGO:

Las manos: que cuidan la vida como don. Manos que acogen la vida como viene, como es. Manos abiertas para dar, vida ofrecida siempre y en todo: cuando sana, cuando consuela, cuando ayuda, cuando enseña, cuando acompaña…
Palabra vida: vida que crece y madura bajo el cuidado del amor de Dios. Vida que irrumpe a pesar de la realidad contradictoria, hostil y se derrama en la caridad. “Vida que subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad” (Cf. FT 88).

La llama: El carisma de Madre Ana María, que nos ayuda a estar atentos a los signos de los tiempos y nos impulsa a salir al encuentro allí donde se presenta la necesidad.
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